Calle: la ciudad vista desde otro lugar
Hay proyectos que llaman la atención por lo que muestran y otros por quién está detrás de la cámara. Hace un tiempo llegaron a mis manos los libros de Calle, un proyecto fotográfico social que propone algo tan sencillo como poderoso: entregar cámaras fotográficas a personas con una situación habitacional vulnerable y permitirles registrar su propia realidad. No se trata de fotografiar la calle desde afuera, sino de cambiar el lugar desde donde se mira. Y quizás sea justamente ahí donde comienza lo valioso.
La belleza no siempre está donde esperamos
Estamos acostumbrados a pensar la belleza desde determinados lugares. La buscamos en una casa, en una obra de arte, en un objeto o en un paisaje; muchas veces la construimos, la seleccionamos y la ordenamos. Pero la belleza también puede aparecer sin haber sido convocada: en un reflejo, en un animal que se cruza, en una sombra sobre la vereda, en una persona esperando, en un auto detenido o en la ropa tendida atravesada por el sol. Son escenas tan incorporadas a lo cotidiano que podemos pasar frente a ellas todos los días sin detenernos. Las fotografías de Calle tienen algo de eso: no intentan demostrar que aquello que muestran es bello o extraordinario. Simplemente registran algo que, por alguna razón, alguien decidió mirar.
Y ahí aparece una de las preguntas más interesantes del proyecto: ¿por qué miramos lo que miramos? Una cámara nunca es completamente neutral. Entre cientos de imágenes posibles, alguien eligió detenerse precisamente allí, encuadrar eso y guardar ese instante. En esa elección hay inevitablemente algo personal. Una fotografía puede mostrarnos una calle, un árbol, un gato o una persona sentada en un banco, pero también puede dejarnos entrever algo de quien estaba detrás de la cámara: aquello que despertó su curiosidad, aquello frente a lo que decidió detenerse.
Por eso mirar las fotografías de otra persona resulta tan revelador. No porque nos enseñen necesariamente algo que nosotros no somos capaces de ver, sino porque nos recuerdan que nuestra forma de mirar no es la única posible. Cada uno recorre la ciudad desde una historia, unas circunstancias y una sensibilidad diferentes, y aquello que para alguien constituye apenas el fondo de una escena puede convertirse para otro en su centro. Hay algo profundamente enriquecedor en aceptar esa diferencia y permitir, aunque sea por unos segundos, que la mirada de otro nos lleve hacia un lugar en el que nosotros no nos habríamos detenido.
Mirar desde otro lugar
Calle es un proyecto fotográfico social que pone cámaras en manos de personas que viven en situación de calle o atraviesan situaciones de vulnerabilidad habitacional, invitándolas a registrar aquello que forma parte de su propia experiencia. Las fotografías resultantes se reúnen y se convierten en publicaciones que permiten que esas miradas circulen, mientras una parte de lo recaudado vuelve a sus autores y otra contribuye a sostener el proyecto. Nacido en Buenos Aires, Calle fue ampliando con el tiempo su alcance hacia otros lugares, conservando siempre una idea tan sencilla como potente: permitir que sean sus participantes quienes decidan qué mostrar.
Ahí está uno de los aspectos más interesantes del proyecto. Estamos acostumbrados a que las personas en situación de calle sean fotografiadas, observadas y registradas por otros. Acá sucede lo contrario: son ellas quienes sostienen la cámara. Ese gesto aparentemente sencillo modifica por completo la relación. Durante un momento dejamos de observarlas para mirar con ellas, sin una mirada externa que decida previamente qué merece ser mostrado o cuál debería ser el relato.
La ciudad que aparece entonces es la misma y, al mismo tiempo, es otra. Sus edificios, sus veredas, sus plazas y sus habitantes siguen ahí, pero el punto de vista ha cambiado. Una misma ciudad contiene tantas ciudades como formas existen de recorrerla, porque cada experiencia modifica aquello que vemos, aquello que ignoramos y aquello frente a lo que elegimos detenernos. Calle no propone que una mirada reemplace a otra; las pone en relación. Ahí reside buena parte de su valor: en recordarnos que ampliar nuestra forma de mirar no significa renunciar a la propia, sino hacer lugar también a la de los demás.
El privilegio de poder elegir
Hay algo inevitable al recorrer estas fotografías: pensar cuánto influye el lugar que cada uno ocupa en su manera de relacionarse con el mundo. Nuestra experiencia está construida por nuestra historia, nuestros afectos, nuestras circunstancias y también por nuestras posibilidades. No todos atravesamos una misma ciudad de la misma manera, aun cuando compartamos sus calles. Hay quienes pueden elegir, detenerse, cambiar de rumbo o dedicar tiempo simplemente a contemplar, mientras que para otros esas posibilidades son mucho más limitadas. Reconocer esa diferencia no debería conducirnos a la culpa, sino a una mayor conciencia del lugar que ocupamos.
Para mí, el privilegio tiene mucho que ver con eso: con la posibilidad de elegir. Elegir los objetos con los que vivimos, detenernos frente a una obra de arte, diseñar una casa, comprar un libro, viajar, cultivar un jardín, poner flores sobre una mesa o disponer del tiempo necesario para preguntarnos qué consideramos bello. Son gestos que pueden parecer pequeños porque forman parte de nuestra cotidianeidad, pero detrás de ellos existe algo enorme: cierto margen para decidir cómo queremos vivir. Ser consciente de ese margen cambia también la relación con lo que tenemos. Lo cotidiano deja de ser simplemente aquello que está ahí y recupera su valor.
Ahí encuentro también una relación muy profunda con Otra Mirada. Mi interés por los objetos, el arte y los espacios nunca tuvo que ver solamente con hacer que algo se vea bien. La belleza me interesa porque hace que prestemos atención. Nos hace detenernos frente a algo, descubrirlo, elegirlo, cuidarlo y querer compartirlo. Otra Mirada nace, en buena medida, de ese impulso: reunir cosas que despiertan algo en mí y ponerlas en circulación para que puedan despertar algo diferente en otra persona. Entendida así, la belleza deja de ser un fin en sí mismo y se convierte en una forma de relacionarnos más conscientemente con aquello que nos rodea.
Calle lleva esa reflexión mucho más lejos. Sus fotografías nos acercan a experiencias que no son las nuestras sin pedirnos que las hagamos propias ni que pretendamos comprenderlas por completo. Nos recuerdan que las posibilidades no están distribuidas de la misma manera y, al mismo tiempo, nos devuelven a nuestra propia vida con una conciencia diferente. No para sentirnos mal por aquello que tenemos, sino para no vivirlo distraídamente. Nuestra casa, nuestra mesa, las personas que queremos, el tiempo del que disponemos y la libertad de elegir ciertas cosas de nuestra vida adquieren otra dimensión cuando dejamos de considerarlos inevitables. Y ahí encuentro algo profundamente valioso: conocer la experiencia de otro no solo amplía nuestro mundo; también puede enseñarnos a habitar el propio con mayor presencia.
Otra mirada
Por eso estos libros encontraron naturalmente un lugar en Otra Mirada. Aunque Calle y este espacio nacen de realidades completamente diferentes, comparten una idea esencial: el valor de una perspectiva no está solamente en aquello que muestra, sino en aquello que puede despertar en nosotros. Calle nos acerca a experiencias que no son las nuestras y nos recuerda que la realidad siempre es más amplia que la porción que conocemos. Esa capacidad de ampliar, de cuestionar lo establecido y de descubrir valor donde antes no nos habíamos detenido es también parte del espíritu de Otra Mirada.
Otra Mirada nació como una tienda y un estudio de interiorismo, pero nunca quiso limitarse a reunir objetos bellos. Detrás de cada pieza, cada artista y cada historia que aparece acá existe una elección y una intención. Me interesa que este sea también un espacio para la curiosidad, para encontrarnos con otras sensibilidades y para entender que aquello con lo que convivimos puede tener una historia, una procedencia y un significado que van mucho más allá de su apariencia. Calle pertenece a este universo precisamente por eso: no como un objeto más, sino como una historia que merece ser compartida.
Al final, lo que elegimos para rodearnos dice algo de nosotros, pero también puede abrirnos hacia lo que está más allá de nosotros. Esa es la Otra Mirada que me interesa construir: una que encuentre belleza, pero que no se quede solamente en ella; que despierte curiosidad, genere conversación y nos permita relacionarnos de una manera más consciente con las cosas, con las historias y con las personas que forman parte del mundo que habitamos.
Nombre: Proyecto Calle
Ciudad: Buenos Aires, Argentina
Instagram: @proyectocalleba