Mientras las cosas esperan

Hay cosas que encontramos sin saber todavía qué hacer con ellas. Una tela, una pieza antigua, un material o una forma que nos llama la atención. No necesariamente porque lo estemos buscando, sino porque reconocemos algo que merece ser conservado hasta encontrar su lugar.

Me sucede desde hace muchos años. A veces elijo un género imaginando una lámpara cuya base todavía no conozco. O encuentro una pieza que podría formar parte de alguno de los próximos proyectos del estudio, aunque aún no sepa cuál.

Con el tiempo entendí que no siempre hace falta anticipar el resultado. La inspiración no es respuesta. La inspiración es impulso. Es aquello que nos lleva a experimentar, combinar elementos de distintas procedencias y descubrir relaciones que antes no existían.

También implica saber esperar.

El recorrido de las cosas

Hace muchos años, durante un viaje a Milán, compré un brocado de seda negro y dorado, tejido con hilos de oro. Era una tela extraordinariamente lujosa y la reservé pensando en algo especial. Sin embargo, ninguno de los usos que imaginé terminó pareciéndome el indicado.

Tiempo después, cuando me mudé de Buenos Aires a Lima, se la regalé a una amiga diseñadora de indumentaria. Ella vio algo que yo no había visto: la posibilidad de convertirla en un tapado. Lo hizo, quedó hermoso y finalmente se vendió.

Tal vez mi papel en la historia de aquella tela no había sido decidir su destino, sino encontrarla, reconocer su belleza y, llegado el momento, saber dejarla ir.

En ese mismo viaje ocurrió algo casi inverso. Un domingo, poco antes de regresar a Buenos Aires, llegué hasta Dedar, que acababa de presentar una nueva colección. La tienda estaba cerrada, pero algunas de aquellas telas permanecieron en mi memoria.

Muchos años después, viviendo en Lima, encontré retazos de esa misma colección y los reconocí casi inmediatamente. Terminaron formando parte de mi espacio en Casa Cor 2024, uno de los proyectos más personales que realicé. Todavía conservo algunos fragmentos, uno de ellos hoy en Buenos Aires, a la espera de una nueva oportunidad.

Hace poco, una amiga y colega con quien comparto proyectos de interiorismo llegó con unas telas hermosas para las que todavía no había encontrado un uso. Al ver una de ellas pensé inmediatamente en una nueva clienta que había llegado al estudio a través de Otra Mirada.

Mi amiga había conservado aquel material sin saber dónde terminaría; yo no estaba buscándolo, pero pude reconocer el lugar que podía ocupar.

Las tres historias tienen algo en común, aunque sus recorridos sean diferentes. Algunas cosas llegan a nosotros, otras se van y otras permanecen durante años en la memoria antes de encontrar una forma concreta.

No todo lo que encontramos está destinado a quedarse con nosotros, y tampoco todo aquello que conservamos terminará convirtiéndose en lo que habíamos imaginado.

Aprender a mirar

Con los años, uno entrena el ojo. No necesariamente para reconocer lo más valioso, lo más elegante o aquello que responde a una tendencia. Lo que me interesa, por encima de todo, es encontrar cosas interesantes.

Puede ser un color, una textura, una trama, un material o una forma. Algo con suficiente personalidad como para imaginar que, al incorporarse a una casa, será capaz de hablar también de quien la habita.

Me interesan especialmente las combinaciones que no parecen evidentes: una tela de un origen con un galón de otro, una pieza antigua con un material contemporáneo, una técnica tradicional con una interpretación nueva.

Cuando funcionan, los elementos no necesitan perder su identidad para formar parte de un conjunto. Por el contrario, cada uno puede potenciar las cualidades del otro.

Pero aprender a mirar también significa aceptar que nuestra percepción cambia. Una pieza que hoy no encuentra lugar en determinado proyecto puede adquirir otro sentido en circunstancias diferentes. Los espacios, las necesidades y las personas se transforman.

Creo que esa disposición a mirar sin respuestas preconcebidas es una parte esencial de mi trabajo. No se trata solamente de elegir objetos hermosos, sino de imaginar relaciones, descubrir posibilidades y construir espacios que expresen algo de quienes los habitan.

En una casa diseñada por Mario Lara, uno de los arquitectos más reconocidos del Perú, transformamos un espacio que había quedado en desuso en un rincón de contemplación. El punto de partida fue el cuadro favorito del esposo de mi clienta: decidí trasladar sus colores a las paredes para darle mayor protagonismo. Incorporamos una daybed de Mies van der Rohe y trabajamos con una paleta de apenas tres colores para dar unidad a un ambiente de grandes dimensiones.

La belleza cura el espíritu

Hace muchos años participé por primera vez en Té en el Castillo, un encuentro de decoración con fines benéficos que se realizaba en El Talar de Pacheco. Yo era entonces socio estudiante de DARA.

Recuerdo particularmente una mañana soleada. Caminaba sobre el pasto junto a Alejandro, mi esposo, y Andrea, una de las responsables del evento. Atravesábamos los jardines diseñados por Carlos Thays camino al Petit Château, donde trabajaríamos. La luz se filtraba entre los árboles y el verde de aquel paisaje acompañaba una conversación que, sin saberlo, terminaría permaneciendo conmigo durante muchos años.

Andrea era una mujer profundamente creyente y nos hablaba del sentido de lo que estábamos haciendo. El encuentro tenía un propósito que iba mucho más allá de la decoración: lo recaudado contribuía a ayudar a chicos en situaciones vulnerables.

En algún momento de aquella caminata dijo una frase muy sencilla: «La belleza cura el espíritu».

Tuve poco trato con Andrea después de aquello, pero nunca olvidé sus palabras.

No creo que la belleza sea todo. En el diseño importan también la función, las necesidades, los recursos y muchas otras cuestiones. Pero sí creo que la belleza mejora nuestra experiencia de vivir. Algo agradable de mirar, tocar, sentir, oler o simplemente tener cerca puede hacer más amable el tiempo que pasamos con ello.

Y no siempre necesitamos poseer algo para disfrutarlo.

Esa convicción está también en el origen de Otra Mirada. Aunque hoy tenga la forma de una tienda y un estudio de interiorismo, quisiera que fuera un lugar capaz de contribuir a la vida del barrio, generar encuentros, dar visibilidad al trabajo de artistas y artesanos e inspirar a otras personas a descubrir posibilidades en sus propios espacios.

Incluso en quienes simplemente pasan por la vereda y se detienen un instante frente a la vidriera.

Quizás eso sea, finalmente, lo que sucede mientras las cosas esperan. Cambian las circunstancias, aparecen nuevas personas, aprendemos otros modos de mirar y descubrimos posibilidades que antes no existían.

Y en ese recorrido también nosotros habremos cambiado.

Porque a veces no hace falta cambiarlo todo. Hace falta Otra Mirada.

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