Montevideo 1278
Volver
Escribo estas palabras desde la tranquilidad de mi hogar. Un hogar nuevo, en una ciudad que conozco desde siempre y que hoy vuelvo a descubrir. Después de varios años afuera, de vivir entre Buenos Aires y Lima, de algunas mudanzas y de llevar y traer en aviones y barcos no solo cosas, sino también afectos y pedacitos de vida, volver se siente bien. Buenos Aires me recibe con viejos amigos, nuevos afectos y esa familiaridad extraña que tienen los lugares conocidos cuando uno regresa siendo un poco diferente.
Durante más de quince años trabajé creando interiores y ayudando a otras personas a construir sus hogares. Ese trabajo me permitió entrar en mundos muy distintos y entender que no existe una única manera de vivir bien. También me llevó a viajar, conocer artistas y artesanos, descubrir objetos y escuchar historias que fueron transformando mi propia manera de mirar. Algunas personas llegaron como clientes y se quedaron como amigos; otras aparecieron en una conversación breve y dejaron una idea que todavía me acompaña. Con el tiempo entendí que mi trabajo se fue construyendo tanto dentro de las casas como fuera de ellas.
Siempre existió también un impulso más intuitivo. Desde chico me fascinaba construir pequeños mundos, cambiar las cosas de lugar e imaginar que una habitación podía transformarse por completo con un gesto. Esa curiosidad sigue intacta. Las ideas aparecen caminando por una calle, mirando una película, entrando a una casa o encontrando algo que no estaba buscando. A veces llegan todas juntas y producen ese caos creativo que conozco tan bien. Con los años aprendí a confiar en él: tarde o temprano, encuentra su propio orden.
Hoy muchas de esas experiencias empiezan a converger. La mirada construida durante años de trabajo, los lugares por los que pasé, las personas que conocí y todo aquello que todavía me produce curiosidad pedían un espacio donde encontrarse.
Es el momento.
Otra Mirada
Otra Mirada le da un lugar físico a todo eso. Es una tienda y un estudio de interiorismo, pero ante todo es un espacio para descubrir. No nace alrededor de un estilo determinado ni pretende responder a una tendencia. La selección es personal: cada pieza está ahí porque encontré en ella algo capaz de despertar una emoción, provocar curiosidad o hacernos detener la mirada un segundo más.
Por eso pueden convivir una pieza antigua y una creación recién salida del taller de un artesano; la obra de un artista contemporáneo con un objeto encontrado lejos de Buenos Aires. No importa tanto de dónde viene, cuánto tiempo tiene o a qué categoría pertenece. Me interesa la historia que encierra. A veces esa historia comenzó hace décadas y otras empezó hace apenas unos días, en la idea de un diseñador o en las manos de alguien que conoce profundamente su oficio. La belleza puede venir de una técnica transmitida durante generaciones o de una mirada completamente nueva. La procedencia cambia; el impulso es el mismo: crear algo capaz de conmover a otro.
La tienda tampoco será un escenario terminado. Quiero que cambie, porque las casas cambian y nosotros también. Una pieza encontrará su lugar en otro hogar y dejará espacio para algo nuevo. Las escenas se transformarán, aparecerán nuevas combinaciones y una misma cosa podrá ser mirada de otra manera según aquello que tenga al lado. Me interesa esa libertad. Lo perfecto siempre me resultó artificial. La naturaleza no necesita ser simétrica ni uniforme para ser bella, y nuestros espacios tampoco. Las marcas, las texturas, las variaciones y las mezclas son las que terminan haciendo que un lugar sea genuino y personal.
El estudio nace de la misma idea. No lo entiendo como algo separado de la tienda, sino como otra expresión de esa mirada. La tienda permite entrar en mi universo, descubrir una pieza o llevarse una idea. El estudio hace el recorrido inverso: soy yo quien entra en el universo de otra persona para entender cómo vive, qué la emociona y qué quiere construir. Diseñar nunca fue imponer mi mundo sobre el de alguien más. Es encontrar, juntos, una forma de hacer visible el suyo.
Las cosas y las historias
Se suele decir que los objetos tienen alma. Pero somos nosotros quienes depositamos recuerdos, afectos y emociones en las cosas, y por eso un objeto aparentemente sencillo puede volverse irremplazable. Los objetos son recipientes de nuestras emociones, no al revés. Cuando ya no están, aquello que vivimos alrededor de ellos permanece.
También podemos recibir una historia que comenzó antes de nosotros. Puede estar en una pieza que perteneció a otra persona, pero también en algo completamente nuevo: en la mano del artesano, en el pensamiento del artista, en la búsqueda del diseñador. Me emociona esa posibilidad de conectarnos a través de las cosas. Alguien imagina o crea algo en otro lugar y, tiempo después, otra persona lo encuentra, lo elige y lo incorpora a su propia vida. Dos historias que hasta ese momento no tenían nada que ver comienzan a formar parte de una misma.
Hace años, un amigo de India me enseñó en su tienda de Lima una manera de pensar que nunca olvidé. Para él, las piezas que lo rodeaban no estaban simplemente esperando ser vendidas: estaban esperando a la persona indicada. Esa idea cambió mi forma de entender una tienda. Primero hay que enamorarse de las cosas, reconocer por qué son especiales y darles un lugar. Después llegará alguien que encuentre en ellas algo propio y continuará la historia.
Quiero que Otra Mirada conserve ese espíritu. Que uno pueda entrar para encontrar algo, pero también para mirar, preguntar, conversar o simplemente dejarse sorprender. Una taza de café —o una copa de espumante— bien compartida puede ser tan valiosa como encontrar esa pieza que sentimos que estaba esperándonos. El intercambio también ocurre cuando una conversación despierta una idea o cuando algo que nunca hubiéramos elegido nos obliga a reconsiderarlo. Quiero que siempre haya una razón para volver y algo nuevo que mirar.
Vivir bien
Todo esto parte de una convicción muy sencilla: todos podemos vivir mejor.
Vivir bien no significa tener más. No depende de la cantidad de metros cuadrados ni de rodearse de objetos extraordinarios. Empieza por conocernos y elegir desde la autenticidad aquello que nos hace bien. Puede ser una flor sobre una mesa o una gran obra de arte. Puede ser algo heredado, algo encontrado por casualidad o una pieza que esperamos años para tener. El valor está en lo que provoca en nosotros y en la vida que construimos a su alrededor.
Nuestros hogares no tienen que demostrar nada. Pueden tener color, humor, contradicciones, recuerdos, cosas nuevas y cosas viejas. Pueden cambiar con nosotros. Son el escenario de nuestra vida cotidiana y merecen contener aquello que nos representa, nos inspira y nos hace felices. Lo extraordinario no siempre está lejos ni cuesta una fortuna. Muchas veces ya está frente a nosotros y solo necesita que aprendamos a verlo.
Volver a Buenos Aires me hizo entender que era el momento de darle un lugar a todo esto. De abrir una puerta, compartir lo aprendido y seguir aprendiendo. De sumar algo de belleza, curiosidad y fantasía a la ciudad y al barrio que hoy vuelvo a habitar.
Otra Mirada nace de más de quince años de experiencia, pero no quiere mirar hacia atrás. Quiere seguir descubriendo.
Porque a veces no hace falta cambiarlo todo.
Hace falta Otra Mirada.