En el taller de Jorge Bascoy
Antes de los móviles
Hay algo que todavía no se ve cuando uno toca el timbre del taller de Jorge Bascoy. Desde la calle, la vidriera es austera, gris, casi silenciosa. Dos obras aparecen sobre un fondo blanco mientras el vidrio devuelve los reflejos de los autos, los árboles y la vida que pasa por la vereda. Apenas algunas formas y colores permiten intuir que, detrás de esa fachada contenida, sucede algo más.
Jorge abre la puerta con una sonrisa y la primera impresión empieza a cambiar. Hay que atravesar un pasillo largo, como si el taller necesitara cierta distancia respecto de la calle antes de revelarse. Pero incluso antes de que aparezcan los móviles, surge algo inesperado: una moto.
No está allí solamente como un objeto más del taller. Una vez al año Jorge se sube a ella y se va. Durante alrededor de un mes recorre el país solo, sin demasiada prisa, en una suerte de retiro personal que lo aleja por un tiempo del ritmo cotidiano y lo acerca a otra manera de observar y estar. El paisaje cambia, cambian las distancias y también cambia la percepción del tiempo.
La moto no se siente ajena entre sus obras. El movimiento, la búsqueda de equilibrio y esa particular relación con el espacio también forman parte de los móviles. Antes de conocerlos, sin embargo, la moto ofrece una primera pista sobre quien los hace: Jorge necesita moverse para mirar.
Las manos saben
Al final del pasillo todo cambia. La austeridad de la entrada queda atrás y aparece un espacio enorme donde metales, hierros, varillas, esmaltes, colores y herramientas ocupan paredes, mesas y estantes. Hay mucho, muchísimo, pero no hay caos. Cada cosa ha encontrado su lugar, siguiendo el orden natural de quien necesita saber exactamente dónde está aquello que busca.
Detrás de su escritorio, las herramientas perfectamente ordenadas me recuerdan a esas bibliotecas de antiguos despachos de abogados donde los libros acreditaban silenciosamente toda una vida de conocimiento. Los libros de Jorge son otros. Pinzas, tijeras, martillos, niveles, alicates y herramientas que probablemente yo ni siquiera sabría nombrar se suceden sobre la pared. Algunas llevan las marcas del uso; otras están exactamente donde deben estar. Después de más de treinta años trabajando con las manos, esa pared es también una forma de biografía. No cuenta su historia con fechas, sino con herramientas.
Jorge habla de “trabajar” con una naturalidad que vuelve sencillos procesos complejos. Puede estar comenzando una escultura de gran tamaño y, mientras corta las primeras piezas, su cabeza ya está en la siguiente obra. Una parte permanece concentrada en lo que hacen sus manos; otra se ha adelantado varios pasos.
No siempre fue así. Hubo un tiempo en que cada procedimiento exigía atención y pensamiento. Con los años, la repetición se convirtió en conocimiento. El oficio fue reemplazando la necesidad de pensar cada procedimiento por algo más cercano a la intuición. Sus manos conocen el camino y dejan libre a la cabeza para adelantarse, imaginar otra forma, resolver otro equilibrio, comenzar mentalmente aquello que todavía no existe.
Pero son también manos que guardan memoria. Entre sonrisas admite que décadas doblando varillas, cortando y soldando a veces se hacen sentir. El oficio se acumula en el conocimiento, pero también en el cuerpo. La contradicción es hermosa: las mismas manos que conocen la resistencia del hierro, que saben cuánto puede doblarse y dónde puede ceder, terminan utilizándolo para construir objetos que desafían su propia naturaleza.
Porque cuando una obra finalmente se suspende, el hierro parece olvidar que pesa.
Entre el hierro y el aire
Pero en el taller hay otro material, acaso el más importante, que no puede guardarse en ningún cajón: el aire. Una gran puerta se abre hacia un jardín inesperado, casi salvaje para estar en medio de Buenos Aires. Lavandas, cactus y otras plantas fueron reclamando el terreno y Jorge, sencillamente, las dejó hacer. Por esa abertura entran el sol, los sonidos y el viento. Una corriente alcanza una pieza, algo gira, otra responde y las sombras cambian de lugar. El taller nunca termina de verse exactamente igual. Móviles pequeños y esculturas monumentales de más de cuatro metros conviven suspendidos a diferentes alturas. Hierro y aire, peso y levedad. Un móvil también hace visible algo que normalmente no podemos ver.
Fotografiarlos puede ser caprichoso. Justo cuando aparece el encuadre, una pieza gira y compone otra imagen, sorprendiéndome con alguna sombra inesperada. Por momentos adquieren cierta autonomía: una vez terminadas, las obras siguen perteneciendo a su creador, pero sólo hasta cierto punto. Jorge las construye, encuentra sus equilibrios y las suspende; después interviene el aire. Y entonces empiezan a hacerle compañía. Hay animales dispersos por el taller, casi como mascotas, y algunas piezas que Jorge prefiere no vender. Entre ellas, cinco extraños animales mutantes nacidos de una reflexión sobre la capacidad de la naturaleza para sobrevivir y transformarse.
La naturaleza reaparece una y otra vez. Está en aquellos viajes en moto y en detenerse a escuchar los pájaros; en el jardín al que permite crecer sin demasiadas instrucciones; en esos animales imaginados; y vuelve a entrar al taller convertida en viento para poner en movimiento aquello que él construyó. Sus esculturas son profundamente orgánicas aun cuando nacen de materiales duros. No imitan a la naturaleza: se comportan un poco como ella. Se equilibran, reaccionan, cambian, conviven. Ninguna parte existe completamente sola.
Las partes y el todo
Durante nuestra charla aparecen varias veces cierta resistencia al individualismo y la convicción de que una sociedad se construye en conjunto, que ninguna de sus partes existe verdaderamente aislada de las demás. En El espejo, una obra monumental de aproximadamente trece metros que donó al Museo de la Memoria, ese pensamiento adquiere otra dimensión. Una sociedad fragmentada aparece representada en piezas que, aun separadas, permanecen unidas por los mismos principios de equilibrio que sostienen sus móviles. Cada una ocupa su lugar, pero necesita de las otras para construir el conjunto. Algunas reflejan a quien se acerca, incorporándolo inevitablemente a esa sociedad que observa; otras se asemejan a rostros que miran, pero no tienen boca ni oídos, en referencia a quienes durante la última dictadura argentina vieron, callaron o hicieron oídos sordos. Jorge recuerda con emoción haber presentado la obra frente a las Madres de Plaza de Mayo. En su recuerdo, la emoción todavía acompaña a la obra.
Trabajar durante tanto tiempo en una pieza semejante implica cortar, doblar, soldar, pintar, ensamblar. Trece metros de materia, pero también de pensamiento, memoria y emoción, que todavía no están completos hasta que finalmente se suspenden y encuentran su equilibrio. Hay algo de gestación en ese proceso: una idea que durante meses va tomando cuerpo en las manos hasta que llega el momento de soltarla. Y también algo de liberación cuando, después de tanto trabajo, la obra finalmente se mueve y deja de pertenecer únicamente a quien la hizo para encontrarse con los demás.
Al principio, a Jorge le costaba dejar ir algunas de sus piezas cuando se vendían. Había pasado demasiado tiempo con ellas como para que fueran simplemente objetos que abandonaban el taller. Con los años aprendió también a desprenderse, a aceptar que una obra puede irse y dejar lugar para la siguiente. Lo que permanece es el placer de trabajar.
Epílogo
Me queda la sensación de que hablamos bastante menos de móviles de lo que hubiera imaginado antes de llegar. Hablamos de naturaleza, de viajes, de sociedad, de tiempo, de oficio. De aquello que cambia con los años y de lo que, en cambio, permanece. Después de treinta años, una obra termina diciendo mucho de quien la hace sin necesidad de explicarla. Jorge está también en esos equilibrios, en esa convivencia entre partes distintas y en la libertad que adquieren sus piezas una vez que empiezan a moverse.
Jorge transmite una mezcla curiosa de serenidad y energía. Habla casi siempre con una sonrisa, con la calma de quien conoce profundamente lo que hace y conserva, al mismo tiempo, el entusiasmo por seguir haciéndolo. Su curiosidad sigue intacta después de tantas horas, tantas piezas y tanto hierro pasado por sus manos. Eso es, finalmente, lo que más permanece después de visitarlo: estar frente a alguien que conoce profundamente su oficio y todavía encuentra razones para sorprenderse con él.
A su alrededor hay colores, metales y formas suspendidas que nunca permanecen exactamente iguales. Algunas llevan mucho tiempo allí; otras están naciendo mientras su cabeza ya imagina las que vendrán. Las herramientas esperan en las paredes y sobre las mesas quedan rastros de lo que está en proceso. Afuera, el jardín continúa creciendo a su manera, como otra extensión del taller. Todo convive en un mismo equilibrio: Jorge, sus herramientas, las obras, las plantas y ese espacio vacío que les permite moverse. Entonces entra un poco de viento, alguna pieza cambia de lugar, una sombra se desplaza sobre la pared y algo vuelve a cobrar vida.
Nombre: Jorge Bascoy
Profesión: Fotógrafo/Escenógrafo/Artista Plástico
Ciudad: Buenos Aires, Argentina
Instagram: @mobileandstabile