En lo de Pato López
Vivir sin pedir permiso
Cuando Pato llegó a esta casa, hace más de veinte años, todo era blanco. Las paredes, los pisos, los sillones. Había algo de lienzo en ese vacío, como si la casa todavía estuviera esperando descubrir quién la iba a habitar.
Con el tiempo llegaron el rojo, el verde y el negro. Más tarde, durante la pandemia, pasó semanas raspando las paredes con una pequeña espátula hasta dejar al descubierto una textura irregular, inspirada en esos viejos muros italianos donde las marcas del tiempo forman parte de la belleza.
Mientras la escucho recorrer cada una de esas transformaciones, entiendo que nunca está hablando solamente de decoración. Cada cambio parece corresponder a un momento distinto de su vida. La casa fue creciendo con ella.
Hubo una época de viajes y de una vida compartida que recuerda con enorme cariño. Habla de esos años con la serenidad de quien entiende que todo dejó una enseñanza. Pero al mirar hacia atrás reconoce algo que sólo el tiempo suele revelar.
—Antes, naturalmente, intentaba encontrar un punto de encuentro entre distintas miradas. Hoy me permito empezar por la mía.
La frase no suena a reproche. Suena a descubrimiento.
Y quizás ahí empezó a cambiar la casa.
No de un día para otro. Los muebles encontraron otros lugares. Las paredes cambiaron de color tantas veces como fue necesario. Ya no existía la necesidad de responder a una imagen determinada. Sólo debía responder a quien la habitaba.
—Ahí recién fui totalmente yo.
Lo dice con una naturalidad que conmueve. Porque esa libertad no parece haber llegado rompiendo con el pasado, sino abrazándolo. Como esas paredes que todavía conservan las huellas de todas las capas de pintura que alguna vez las cubrieron, Pato entendió que no hacía falta borrar lo vivido para descubrir quién era.
Quizás por eso esta casa nunca termina de quedarse quieta. No porque esté incompleta, sino porque quien vive en ella todavía se permite cambiar. Y tal vez esa sea la forma más hermosa de habitar un espacio: dejar que la casa crezca al mismo ritmo que uno.
Cada objeto tiene una vida
Hay una pregunta que, en apariencia, parecía sencilla.
—¿Existe algún objeto de esta casa que nunca prestarías?
Pato tarda unos segundos en responder. No porque no sepa qué decir, sino porque la respuesta depende menos del objeto que de la historia que guarda.
En esta casa las cosas nunca llegaron por accidente.
Hay regalos de amigos. Hay obras hechas por su padre, por su madre, por su hermana, por su hijo y por ella misma. Hay piezas encontradas durante viajes que todavía conservan intacta la emoción del descubrimiento. Cada una ocupa un lugar distinto, pero todas parecen cumplir la misma función: recordar.
Quizás por eso aquí resulta imposible distinguir dónde termina un objeto y dónde empieza una historia.
Mientras recorremos la casa me muestra una alfombra marroquí cuyos bordes comenzaron a desgastarse con los años. Podría haberla reemplazado, pero decidió repararla ella misma. No intentó devolverla a un supuesto estado original ni esconder el paso del tiempo. Al contrario: entendió que esas marcas también formaban parte de su belleza.
—Nadie me va a venir a hacer la curaduría de esa alfombra —dice entre risas—. Lo importante es que me guste a mí.
La frase podría referirse a una alfombra, a una casa o incluso a una vida.
Porque reparar no siempre significa volver atrás. A veces significa aceptar las huellas del tiempo y seguir creando a partir de ellas.
Cuando le pregunto qué salvaría si un incendio arrasara con la casa, responde sin dudar: primero, sus perros. Después el silencio se instala entre nosotros. Recién entonces entiende que no sabría qué más llevarse. Cada objeto representa una persona, un momento o una etapa de su vida. Ninguno vale más que otro, porque todos cuentan una parte de la misma historia.
Están para recordar una vida.
Y quizás esa sea la diferencia entre decorar una casa y habitarla.
Una busca llenar espacios.
La otra deja que cada espacio termine lleno de significado.
Dónde Empieza una casa?
Hay preguntas que uno hace esperando una respuesta y otras que, sin buscarlo, terminan abriendo una puerta completamente distinta.
Mientras hablábamos sobre los espacios más importantes de la casa, Pato empezó a recordar su infancia. No hizo un esfuerzo por ordenar los recuerdos. Simplemente aparecieron.
Primero habló de su padre, siempre rodeado de libros y música clásica. Después de su madre, cocinando. Pero no describía la cocina como un lugar doméstico, sino como un espacio donde convivían la creatividad, el cuidado y el deseo de alimentar a los demás.
Mientras la escucho, empiezo a notar que esos escenarios siguen existiendo. Los libros todavía ocupan un lugar central en su vida. La cocina continúa siendo el corazón de la casa, no sólo porque allí se prepara la comida, sino porque alrededor de ella ocurre casi todo lo importante.
Entonces me animo a decirle algo que hasta ese momento era apenas una intuición.
—Quizás por eso esos dos espacios siguen siendo tan importantes para vos.
Pato se queda en silencio unos segundos y después se ríe.
—No lo había pensado... me estás psicoanalizando.
Nos reímos los dos, pero tengo la sensación de que acabamos de descubrir algo más profundo de lo que esperábamos.
Tal vez las casas nunca empiecen cuando compramos una propiedad o elegimos un color de pintura. Tal vez empiecen mucho antes, en esas escenas de la infancia que un día, sin darnos cuenta, terminan definiendo nuestra idea de hogar.
De pronto todo cobra otro sentido. La gran mesa donde hoy recibe amigos, escribe o pinta deja de ser solamente una mesa. La biblioteca deja de ser una colección de libros. Son formas de mantener vivas aquellas sensaciones que alguna vez construyeron su manera de sentirse en casa. Como si, a través de esos pequeños rituales cotidianos, una parte de su padre siguiera leyendo y una parte de su madre siguiera cocinando.
El arte como una forma de vivir
Hablar con Pato sobre arte es descubrir que, para ella, esa palabra significa mucho más que un cuadro colgado en una pared.
Durante un tiempo creyó que su camino sería otro. Estudió Derecho, una profesión donde las respuestas parecen buscarse en los códigos y no en la intuición. Sin embargo, mirando hacia atrás, reconoce que la necesidad de crear siempre estuvo ahí.
De chica pasaba horas transformando su habitación, cambiando objetos de lugar con los recursos que tenía a mano. Mucho antes de saber que existía algo llamado decoración, ya sentía el impulso de intervenir los espacios.
Después llegaron los viajes y la etapa de vivir en el exterior. Londres. Nueva York. Los museos, las galerías. Ciudades donde el arte deja de pertenecer exclusivamente a los artistas para mezclarse con la vida cotidiana. También aparecieron recuerdos que parecían completar la historia: sus padres habían estudiado Bellas Artes, su hermana dibujaba con enorme talento y, de algún modo, esa sensibilidad siempre había formado parte de la familia.
—Para mí el arte es sanador.
Unos minutos más tarde vuelve sobre esa idea recordando una entrevista de Helena Bonham Carter, donde la actriz decía que el arte está en todas partes: en la manera de poner una mesa, en una conversación, en la ropa, en la forma de vivir.
Pato sonríe.
—Ese es exactamente mi concepto.
Mientras la escucho, entiendo por qué resulta tan difícil separar su obra de su casa. Un textil intervenido convive con una fotografía familiar. Un cuadro descansa apoyado contra una pared mientras una mesa preparada para recibir amigos parece compuesta con el mismo cuidado que una pintura. Todo forma parte de un mismo lenguaje.
Le pregunto cómo elige una obra para su casa. Niega con la cabeza. Nunca piensa si combina con un sillón o una cortina.
—Comprar una obra para que haga juego con el sofá me parece una falta de respeto para el artista.
Aquí tampoco existen lugares solemnes para el arte. Hay cuadros en el baño, en la cocina, apoyados sobre el piso o esperando encontrar un nuevo lugar. Las obras cambian de ambiente igual que cambian los muebles o los colores de las paredes. Permanecen vivas.
Quizás por eso insiste tanto en desacralizar el arte. No porque le reste importancia, sino porque cree que sólo cuando deja de ser un objeto intocable puede empezar a formar parte de la vida cotidiana.
Al recorrer ese hogar, resulta evidente que el arte nunca llegó para decorar un espacio.
Llegó para habitarlo.
La Selva…
Hay una ventana desde la que Pato mira todos los días. Basta detenerse unos segundos frente a ella para entender que buena parte de esta historia ocurre del otro lado del vidrio.
Hoy cuesta imaginarlo, pero cuando llegó aquí ese paisaje no existía. Donde ahora hay ramas, hojas y distintas tonalidades de verde, alguna vez hubo un terreno vacío. La selva, como ella la llama, fue creciendo lentamente. Primero aparecieron algunas plantas. Después pequeños árboles. Más tarde llegaron los pájaros. Sin proponérselo, terminó construyendo un pequeño ecosistema que hoy forma parte de la casa tanto como el comedor o la cocina.
—No podría imaginarme vivir sin ella.
No habla de un jardín cuidado con obsesión. Nunca quiso controlarlo demasiado. No fumiga. Deja que las plantas encuentren su lugar y que la naturaleza conserve su propio ritmo. Hay una confianza silenciosa en esa decisión, como si entendiera que no todo necesita ser ordenado para resultar bello.
Con el tiempo descubrió que esa vegetación también transformaba la manera de habitar la casa. El verde entra por las ventanas, cambia la luz de los ambientes y deja que las estaciones pinten el interior. Incluso cuando está adentro, la naturaleza nunca termina de quedarse afuera.
Le pregunto si la casa seguiría siendo la misma sin esa selva.
—No.
Hace una pausa y sonríe.
—Si pudiera elegir, viviría todavía más cerca de la naturaleza.
Mientras habla entiendo que no se refiere solamente al paisaje. El sonido del agua, el viento entre las hojas y el canto de los pájaros aparecen con la misma importancia que un cuadro o un mueble antiguo. Son parte de la manera en que eligió habitar este lugar.
—Tengo mucho fuego —dice riéndose, haciendo referencia a su carta astral—. Por eso el agua y el verde me equilibran.
Quizás por eso aquí resulta tan difícil distinguir dónde termina el jardín y dónde empieza la casa. Todo parece formar parte de un mismo paisaje, como si la arquitectura hubiera decidido dejar espacio para que la naturaleza también contara una parte de la historia.
Todavía tengo más preguntas…
Hay personas que viajan para descansar. Otras para confirmar aquello que ya saben. Escuchando a Pato tengo la impresión de que ella siempre viajó por una razón mucho más sencilla: porque quería entender.
En un momento de la conversación le pregunto cómo se definiría. Espero escuchar palabras relacionadas con el arte o la pintura. Sin embargo, empieza a recordar lugares. Londres. Nueva York. La selva amazónica. Un campamento en Nigeria. Habla de ellos con el mismo entusiasmo con el que unos minutos antes hablaba de una planta o de una tela. No parece interesarle coleccionar destinos, sino experiencias. Como si cada viaje hubiera sido una oportunidad para mirar la vida desde otro lugar.
Después hace una confesión que explica muchas cosas. Dice que, si pudiera volver atrás, además de Bellas Artes habría estudiado Antropología y Periodismo. La primera por su fascinación por entender cómo viven las personas. La segunda porque nunca perdió el deseo de hacer preguntas.
La frase me hace sonreír.
En ese momento entiendo que esta casa no está construida solamente con muebles, cuadros o plantas. Está construida con curiosidad.
Cada objeto parece haber llegado después de una conversación, de un viaje o de un encuentro. Nada fue elegido para completar un estilo. Todo responde a una historia.
Quizás por eso resulta tan difícil hablar con Pato de una sola disciplina. Una pintura la lleva a hablar de cocina. Un textil, de culturas. Una planta, de la naturaleza. Su manera de mirar el mundo nunca separa las cosas. Las conecta.
Hay personas que dedican la vida a encontrar respuestas.
Pato, en cambio, parece haber elegido conservar intacta la capacidad de hacerse preguntas.
Y tal vez esa sea la razón por la que, después de tantos años, esta casa todavía sigue creciendo.
Epílogo
Durante casi toda la conversación hablamos de la casa. O, al menos, eso parecía. Las preguntas iban y venían entre cuadros, alfombras, paredes, plantas, viajes, libros y recuerdos. Sin embargo, cuanto más hablábamos, más evidente se volvía que ninguno de esos temas era realmente el centro de la historia.
Todos terminaban llevándonos al mismo lugar.
Quizás por eso su casa resulta tan coherente con quien es. No porque haya sido pensada para representarla, sino porque fue creciendo junto con ella. Cada cambio, cada objeto y cada decisión parecían formar parte del mismo proceso: el de vivir con la libertad suficiente para parecerse, cada vez un poco más, a uno mismo.
En un momento, casi sin pensarlo, le dije algo que venía sintiendo desde hacía rato.
—Me parecés una persona muy auténtica.
Pato sonrió.
Me agradeció.
Y por un instante la conversación quedó suspendida en esa palabra.
Auténtica.
Nombre: Patricia “Pato” López
Profesión: Restauradora/Diseñadora de Interiores/Artista Plástica
Ciudad: Buenos Aires, Argentina
Instagram: @los_cuatro_vientos