Mirar distinto.

Vivimos rodeados de cosas. Algunas llegaron porque las necesitábamos, otras porque nos gustaron. Algunas las heredamos, las encontramos en un viaje o aparecieron inesperadamente en nuestro camino. Hay objetos que conservamos durante toda una vida y otros que un día dejamos atrás. Pero las cosas nunca son solamente cosas. Detrás de ellas hay personas que las imaginaron, manos que las hicieron, materiales que cambiaron con el tiempo, lugares de los que provienen e historias que comenzaron mucho antes de encontrarnos con ellas. Algunas, incluso, todavía están por suceder.

Otra Mirada nace de la curiosidad por descubrirlas. De la curiosidad por los objetos, pero sobre todo por las personas: por aquello que fuimos capaces de imaginar, hacer, transformar y preservar; por las distintas maneras que encontramos, en diferentes lugares y momentos de la historia, de hacer nuestra vida más útil, más interesante y también más bella. Ser curiosos sobre las cosas es, inevitablemente, ser curiosos sobre la humanidad.

No hace falta que algo sea una antigüedad para apreciar que ha vivido. Hay belleza en las marcas del tiempo, en una superficie que cambia, en una pequeña imperfección o en la huella de otra vida. Envejecer no necesariamente disminuye el valor de las cosas. Hay objetos que el tiempo termina. Y también hay objetos recién creados que contienen el conocimiento de generaciones, una técnica, un territorio, un oficio o simplemente las horas que alguien dedicó a imaginarlos y hacerlos con sus manos. Quizás la pregunta más interesante no sea cuándo fue hecha una cosa, sino qué tiene para contar.

Respetar lo que sucedió antes de nosotros tampoco significa querer vivir en el pasado. La ciencia, la tecnología y los descubrimientos hablan de nuestra extraordinaria capacidad para avanzar. El desafío quizás esté en hacerlo sin abandonar aquello que nos hace profundamente humanos: imaginar, emocionarnos, crear, jugar y hacernos preguntas. Avanzar no tiene por qué significar dejar todo atrás. Quizás sea también decidir qué merece acompañarnos hacia adelante.

Así, lo antiguo puede encontrarse con lo contemporáneo, lo artesanal con lo industrial y lo extraordinario con aquello aparentemente cotidiano que, observado de otra manera, deja de serlo. Una bufanda puede ser una bufanda o una tela extraordinaria esperando convertirse en una lámpara. Un plato puede estar sobre una mesa o sobre una pared. Un objeto puede transformarse, intervenirse o convertirse en el comienzo de algo que todavía no existe. Las cosas no tienen por qué ser una sola cosa. Y quizá nosotros tampoco.

Todo puede comenzar con una pregunta: ¿y si…? ¿Y si lo usamos de otra manera? ¿Y si juntamos cosas que aparentemente no tienen nada que ver? ¿Y si conservamos esa marca? ¿Y si hacemos algo que todavía no existe? Una pregunta abre una posibilidad y una posibilidad puede encontrarse con otra, transformarse, equivocarse y volver a empezar. Preguntar y preguntarnos es una de nuestras capacidades más humanas.

Por eso Otra Mirada puede ser también un laboratorio de ideas: un espacio lúdico donde encontrar objetos, pero también posibilidades; donde una idea pueda conversarse, probarse, transformarse y eventualmente materializarse. Porque jugar no es solamente cosa de niños. El juego es experimentación, libertad y curiosidad. Es hacer algo sin conocer de antemano el resultado y descubrir, en el proceso, de qué somos capaces. Conservar esa capacidad mientras crecemos quizá sea también una forma de preservar nuestra humanidad.

Una casa podría ser, ante todo, una plataforma de expresión personal. Sin embargo, durante mucho tiempo aprendimos qué combina con qué, qué pertenece a determinado estilo, qué colores pueden convivir y cuáles no, qué es sofisticado y qué no lo es. Incluso encontramos una expresión para validar algunas elecciones y condenar otras: el buen gusto. Quizás valga la pena desconfiar un poco de ella. No porque no existan el criterio, la calidad o la belleza, sino porque ninguna mirada tiene por qué tener la última palabra. La belleza es profundamente personal y existen tantas maneras de mirar como personas dispuestas a hacerlo.

Una casa no debería demostrar que quien vive en ella conoce las reglas. Debería permitirnos conocer un poco mejor a quien la habita. Las contradicciones, las mezclas y las procedencias diferentes pueden funcionar juntas precisamente porque alguien las eligió. La coherencia no siempre la da un estilo. A veces la da una persona. Podemos compartir ideas sin pensar igual, encontrarnos sin volvernos idénticos y permitir que la mirada del otro transforme la nuestra sin reemplazarla. La diversidad de perspectivas no empobrece una idea: la expande.

Cuando elegimos desde ese lugar, nuestra relación con las cosas también cambia. Rodearnos de belleza puede convertirse en un acto de amor: por las manos que hicieron un objeto, por los oficios que sobreviven porque alguien decide valorarlos, por aquello que estuvo a punto de desaparecer y alguien rescató del olvido. Amor y respeto por lo vivo, por los materiales que tomamos del mundo y por aquello que dejaremos a quienes vengan después. Amor por una pieza que ya tuvo una vida y puede comenzar otra; por los demás cuando hacemos o elegimos algo pensando en su felicidad; y también amor propio.

Porque permitirnos construir un entorno que nos haga felices es una manera de cuidarnos. Elegir un color porque nos emociona, conservar algo porque guarda un recuerdo o comprar una pieza simplemente porque nos resulta inexplicablemente hermosa. Ser uno mismo también requiere valentía. Conocernos, expresarnos y desarrollar aquello que podemos aportar quizás sea una de las formas más honestas de intentar ser mejores; no mejores que los demás, sino mejores versiones de nosotros mismos.

Frente a los grandes problemas del mundo, hablar de belleza puede parecer pequeño. Pero si la belleza consigue emocionarnos, despertar curiosidad, estimular nuestra imaginación, hacernos cuidar aquello que nos rodea o simplemente hacernos sentir un poco mejor, entonces vale la pena darle espacio. Quizás una persona que se siente bien en el mundo también tenga una mayor disposición para cuidarlo. Y quizás la belleza no necesite siempre una explicación. Ser feliz puede ser razón suficiente.

Otra Mirada puede entonces ser un lugar para encontrar, imaginar, rescatar, transformar y crear; para dar espacio a los objetos que tienen una historia y a las ideas que todavía no la tienen; para mirar hacia atrás con respeto, hacia adelante con entusiasmo y alrededor con curiosidad. Un lugar donde distintas ideas puedan encontrarse y cada persona pueda hacer con ellas algo propio.

Porque quizás hacer del mundo un lugar más bello no requiera siempre grandes gestos. Puede comenzar por mantener viva nuestra curiosidad, respetar aquello que encontramos y aquello que dejaremos, permitirnos jugar, seguir preguntando, reconocer la mirada del otro sin renunciar a la propia y desarrollar nuestro potencial sin perder nuestra humanidad.

Quizás vivir plenamente tenga algo que ver con eso: ser profundamente nosotros mismos y seguir teniendo curiosidad por todo aquello que no somos. Rodearnos de belleza, crear con ella, compartirla y permitir que nos ayude a hacer la vida cotidiana un poco más hermosa y, a través de ella, ser cada día un poco más felices.

Quizás eso sea, finalmente, Otra Mirada.

Una invitación a encontrar la tuya.

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