En el taller de Vero Farías

Hay personas cuya energía permanece en movimiento incluso cuando están quietas, y Vero es una de ellas. Mientras habla, una historia conduce naturalmente a la siguiente. Sonríe, gesticula, recuerda, vuelve sobre una idea y enseguida encuentra otra. No hay apuro. Hay entusiasmo. Y, sobre todo, una enorme apertura hacia las personas y hacia todo lo que la vida pone delante suyo.

Eso fue probablemente lo primero que me llamó la atención. Vero escucha con la misma generosidad con la que habla. Se interesa por los demás sin importar quiénes sean, y esa curiosidad genuina parece acompañarla desde siempre. Nació en Huinca Renancó, un pequeño pueblo del sur de Córdoba, y siendo muy joven dejó su casa para estudiar en La Plata antes de instalarse definitivamente en Buenos Aires. Sin embargo, cuando recuerda esos años, casi nunca habla de los lugares. Habla de las personas. De la residencia donde vivió, de amistades que todavía conserva, de encuentros inesperados y de vínculos que fue construyendo en cada etapa de su vida. Da la impresión de que Vero no atraviesa los lugares: los habita.

Hubo una anécdota que, sin proponérselo, terminó explicándome mucho de quién es. De chica, cuando preparaba un recuerdo para algún familiar, nunca hacía uno solo. También hacía otro para un vecino, para el panadero o para cualquiera que apareciera en el camino. Lo contó con absoluta naturalidad, como si repartir aquello que hacía fuera la consecuencia más lógica de haberlo creado. Pensé entonces que, quizás, sus yuyos siempre fueron eso: una forma de regalar afecto. Hoy los convierte en composiciones que admiran miles de personas, pero la intención parece seguir siendo exactamente la misma.

En un momento de la charla, no sé muy bien por qué, sentí la necesidad de hacerle una pregunta que hasta hoy me parece un poco absurda. Incluso se lo advertí antes de decirla.

—Te voy a preguntar una pavada...

Se rió.

—Vero, ¿vos te sentís famosa?

La pregunta salió sola. Quizás porque, dentro del mundo de las flores preservadas y la decoración, Vero se convirtió hace tiempo en una referencia. Su trabajo inspira a muchísimas personas y sus composiciones recorren las redes sociales con una naturalidad que pocas veces pasa desapercibida. Sin embargo, su respuesta me dejó pensando. No recuerdo las palabras exactas, pero sí la sensación que me quedó después de escucharla. Era evidente que ese nunca había sido el lugar desde donde construyó su camino.

Mientras seguíamos conversando entendí que lo que realmente la mueve es otra cosa. Vero parece disfrutar mucho más del acto de crear que de todo lo que viene después. Hay una necesidad casi física de hacer, de probar, de tocar materiales, de mover una rama unos centímetros, de descubrir qué sucede cuando dos elementos que parecían no tener nada en común finalmente se encuentran. El reconocimiento aparece como una consecuencia, nunca como un objetivo.

Quizás por eso su trabajo transmite tanta libertad. No porque ignore la mirada de los demás, sino porque nunca parece haber creado para satisfacerla. Hay algo profundamente honesto en su manera de expresarse. Esa misma libertad con la que habla, recuerda y comparte historias es la que aparece, inevitablemente, en cada una de sus composiciones.

Caminar

En algún momento la conversación nos llevó a hablar de las caminatas. Vero me confesó que le encanta caminar y que le cuesta quedarse demasiado tiempo en su casa. Al principio pensé que quizás necesitaba salir para desconectar, pero cuanto más la escuchaba, más entendía que no se trataba de escapar de ningún lugar. Era, simplemente, su manera de encontrarse con el mundo. Camina sola, con Martín, su esposo, con Emi, su hija o con amigas. Camina porque las ideas aparecen con más facilidad, porque las palabras encuentran su lugar y porque siempre hay algo nuevo por descubrir. Mientras lo contaba, tuve la sensación de que esa forma de recorrer la ciudad era exactamente la misma con la que atraviesa la vida: sin apuro, abierta a lo inesperado y con la curiosidad suficiente como para dejarse sorprender.

Hablamos también de las coincidencias, de esos encuentros que parecen ocurrir justo cuando uno está dispuesto a verlos. No llegamos a ninguna conclusión, y tampoco hacía falta. Más que una conversación sobre el destino, fue una charla sobre la importancia de permanecer abiertos a las posibilidades. Escuchándola entendí que muchas de las cosas que le fueron ocurriendo no nacieron de un plan cuidadosamente diseñado, sino de haber estado disponible para decir que sí, para conocer personas nuevas, para cambiar de rumbo cuando la vida se lo proponía y para confiar en que, a veces, los mejores caminos son justamente los que no estaban previstos.

Quizás por eso resulta tan difícil separar a Vero de su obra. Sería muy fácil hablar únicamente de flores preservadas, de composición, de color o de técnica. Todo eso está presente y forma parte de su enorme talento. Pero siento que sería quedarse en la superficie. Porque cuando uno observa sus trabajos con detenimiento, descubre que hay mucho más que botánica. Hay una manera de mirar el mundo. Hay sensibilidad para encontrar belleza donde otros apenas ven una rama seca. Hay movimiento, hay libertad y, sobre todo, hay una enorme generosidad. Sus composiciones no parecen hechas únicamente para ser admiradas; parecen hechas para ser compartidas.

En el taller…

Recién hacia el final de la tarde sentí que empezaba a mirar el taller de otra manera. Había pasado un buen rato rodeado de yuyos, hortensias preservadas, muebles patinados, cajitas de madera, pequeños cristales y una infinidad de objetos cuidadosamente reunidos a lo largo del tiempo. Sin embargo, después de escuchar a Vero, todo ese universo parecía adquirir un nuevo significado. Ya no eran solamente cosas. Eran pequeñas pistas que hablaban, silenciosamente, de la persona que tenía delante.

La luz entraba generosamente por los grandes ventanales, enmarcando una vista urbana, refinada y, por momentos, casi parisina. Afuera, la ciudad desplegaba sus edificios, sus balcones y ese encanto elegante que algunas calles de Buenos Aires conservan. Sin embargo, bastaba con darse vuelta para que el paisaje cambiara por completo. Dentro del taller aparecía otra forma de belleza: más orgánica, más silvestre. El contraste era inevitable. Por un lado, la sofisticación de la ciudad; por el otro, la calma del campo. Dos mundos completamente distintos conviviendo en un mismo espacio, como si el taller reflejara, sin proponérselo, esa dualidad que también habita en Vero: una mujer profundamente conectada con la naturaleza, pero capaz de traducirla en una estética de una delicadeza y una elegancia extraordinariamente contemporáneas.

Quizás por eso cuesta hablar de la obra de Vero únicamente desde lo botánico. Claro que hay técnica, composición y una sensibilidad para combinar formas, texturas y colores. Pero todo eso parece ser apenas el lenguaje que encontró para expresar algo mucho más profundo. Sus composiciones hablan de una mujer que observa con atención, que encuentra belleza en aquello que muchos pasarían de largo y que conserva la capacidad de maravillarse con las cosas más simples. Hablan de alguien que todavía se emociona al descubrir un yuyo al costado del camino y que entiende que la naturaleza no necesita volverse extraordinaria para ser hermosa.

Mientras recorría el taller, pensé que, en el fondo, Vero nunca dejó de hacer aquello que hacía de chica en Huinca Renancó. Cambiaron los años, las técnicas y la escala, pero no la intención. Sigue creando para compartir. Sigue encontrando belleza en aquello que la rodea y transformándola en un gesto de generosidad hacia los demás. Quizás por eso su trabajo conmueve. No tanto por lo que muestra, sino por todo lo que deja entrever: una vida recorrida con curiosidad, apertura y la capacidad de seguir maravillándose con las cosas más simples. Y, de alguna manera, también nos recuerda que la belleza cobra más sentido cuando se comparte.

Epílogo

Hablar de flores. O, al menos, eso creía yo. La idea era recorrer el universo de Vero Farías con la misma fórmula que recorro talleres de artistas: dejar que el espacio se revelara y descubrir, entre objetos y rincones, algo sobre la persona que los habita. Nada ocurrió como lo había imaginado. Durante más de dos horas hablamos de la vida. Las flores aparecieron, claro, pero quedaron en un segundo plano. Lo verdaderamente importante estaba ocurriendo en otro lugar.

Al irme tuve la sensación de no haber llegado al final de la conversación. Más bien ocurrió lo contrario. Cada historia parecía abrir una nueva puerta y, con ella, la intuición de que todavía quedaba mucho por conocer. Cuando me despedí de Vero tuve la sensación de que la conversación podía haber seguido durante horas. No porque hubieran quedado preguntas sin hacer, sino porque cada respuesta parecía abrir una nueva puerta. Hay personas que uno siente conocer rápidamente. Con Vero ocurre exactamente lo contrario. Cuanto más la escuchás, más evidente se vuelve que todavía queda mucho por descubrir.

Quizás por eso me resulta tan difícil separar su obra de su manera de vivir. No porque una explique a la otra, sino porque ambas parecen nacer del mismo lugar: de una curiosidad que sigue intacta, de una necesidad constante de moverse, de probar, de encontrarse con personas, con ideas y con paisajes nuevos. Y mientras escribo estas líneas, sospecho que esa sea la razón por la que sus composiciones transmiten tanta vida. No intentan detener el tiempo. Parecen recordarnos que la belleza también está en seguir moviéndose.

Nombre: Verónica “Vero” Farías
Profesión: Diseñadora Gráfica/ Diseñadora de Interiores/ Artista Floral
Ciudad: Córdoba / Buenos Aires, Argentina
Instagram: @verofariasdeco

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